Los intelectuales, escritores y artesanos de Italia, ya en pleno quattrocento, mencionaban la existencia de barajas de cartas cuya forma corresponde a lo que hoy en día conocemos como las cartas del tarot. Los comerciantes de Génova fueron los principales responsables de la administración y el trafico de esclavos entre el Mar Negro y Egipto. Es mas que probable que fuera por su contacto con los mamelucos que se introdujera la primera versión de la baraja naipes en las ciudades-estado de Italia.

El ser humano siempre interpretó los signos que se le aparecían en la naturaleza. Ya en los poemas de Homero y las tragedias de Sófocles, las profecías protagonizadas por fuerzas naturales constituían momentos decisivos del relato. La adivinación por medio de las barajas de cartas, es decir, por medio de una técnica específicamente humana, apareció en el transcurso del siglo XVIII aunque ya se menciona en el siglo XVI. Toma su simbología de un sincretismo entre las diferentes religiones de la antigüedad y los ideales del Renacimiento. Por esta razón se encuentra en las versiones antiguas del tarot una mezcla entre héroes de las mitologías griega y romana y ciencias morales, astrológicas, heráldicas y naturales. Parece como si el tarot, bebiendo de la alquimia y de la tradición adivinatoria pagana, hubiera esquivado la doctrina católica. Esta tradición adivinatoria convivió durante la edad media con el cristianismo y tuvo en el Renacimiento un resurgir en la alquimia y los textos herméticos. De otra parte, se dice que fue porque se transmitía en la clase alta y en los círculos aristocráticos que la Iglesia toleró el tarot a pesar de su clara influencia pagana y del protagonismo de la figura del demonio.

La adivinación a través de la baraja de tarot, pues, se funda sobre la lectura del ordenamiento de los arcanos mayores y menores por parte de una persona capaz de descifrar las interacciones entre ellos. Esta lectura se basa en la relación entre las cartas según van apareciendo. Esta disposición de las cartas responde a un reflejo del inconsciente de la persona analizada y del inconsciente del analista que este pone conscientemente en juego para permitir la adivinación.

Aunque se usen hoy en día varios tipos de barajas de tarot, provenientes en su mayoría de Italia, la que se impuso como modelo y que se expandió en el mundo entero para la adivinación es el famoso Tarot de Marsella. Sería al comienzo del siglo XVI, tras las conquistas militares de los ejércitos franceses del rey Carlos VIII en el norte de Italia, que se introdujo el tarot como método de adivinación. Lo que conocemos como Tarot de Marsella es una versión creada en el siglo XIX que reunía la grande mayoría de las veintidós figuras principales de los tarots que circulaban en Francia desde su importación y que conservaba no obstante cartas numerales con letrero italiano. En todo caso, es a finales del siglo XIX que se vincula el tarot de Marsella a la cartomancia como arte adivinatorio. No cabe duda de que si la lectura adivinatoria considera la influencia de la persona sobre el ordenamiento de las cartas y de los símbolos, la astrología interviene también como elemento macroscópico de influencia sobre las energías que atraviesan el inconsciente y que pueden influir sobre las disposiciones internas de esta persona.

Encontramos en las teorías del psiquiatra Carl Gustav Jung un trabajo muy importante de sistematización de las teorías del inconsciente. Jung trabajó con Freud en la formación de lo que iba a ser el psicoanálisis, pero se distancio de ella fundando la psicología analítica, su corpus teórico propio que aborda el estudio del inconsciente desde una perspectiva distinta. Algunas tesis de Jung ayudan a entender la construcción simbólica que consiste en la toma de conciencia del tarot.

En efecto, Jung cree que mas acá de los procesos de individuación de una época hay en el alma un proceso autónomo que interviene sobre las manifestaciones conscientes del yo. Por el carácter no lingüístico de estas fuerzas, la conceptualización no es suficiente para entender tal influencia, hay que recurrir a símbolos capaces de abarcar tanto los fenómenos conscientes como inconscientes. En este sentido, el tarot como técnica capaz de recurrir a los símbolos no facilita el conocimiento de los elementos, personas, acontecimientos o objetos, sino que permite precisamente la proyección de estos elementos, personas, acontecimientos y objetos para proporcionar un autoconocimiento por la intuición del estado simbólico de una persona. Este estado no se conoce, se adivina. El concepto junguiano de arquetipo como posibilidad heredada de representaciones universales explica muy bien la existencia en el mundo inconsciente, a nivel individual y a nivel social, de categorías que responden a las pautas tanto de uno mismo como de la propia cultura de una época.

Vemos, pues, que la psicología del siglo XX supo esbozar una respuesta a la misteriosa potencia del tarot. Sin embargo, lo único, en definitiva, que dejó claro es la idea de que la relación del humano con sus símbolos no se puede explicar por otra vía que no sea su inexplicable e intima interdependencia.

806 499 081 y si pagas con con tarjeta: 91 838 23 31.